La operación empieza mucho antes de hacer clic

Querido trader, mira a ver si te suena esta historia:

Son las tres y media de la tarde. Llevas un buen rato delante de los gráficos, repasando niveles y buscando alguna oportunidad interesante. De repente, el mercado empieza a moverse. Una vela rompe la resistencia que llevabas toda la mañana vigilando y, casi sin darte cuenta, ya estás pensando dónde entrar.

¡Mierda! No quieres perderte el movimiento. Después de todo, llevas toda la mañana esperando algo así y, casi sin darte cuenta… Clic. Abres la posición.

Qué bien, ya estás dentro. Pero ahora que tienes dinero en juego empiezan a aparecer algunas preguntas incómodas. ¿Dónde vas a cerrar si el precio se gira? ¿Cuánto estás dispuesto a perder? ¿Y si esa ruptura termina siendo falsa?

Preguntas que, por cierto, habría sido bastante más inteligente hacerse cinco minutos antes de que todo esto se liara. Y ahí está precisamente el problema. Muchas veces dedicamos tanto tiempo a buscar una oportunidad que nos olvidamos de una parte igual de importante: preparar lo que vamos a hacer cuando finalmente aparezca.

Porque una cosa es tener una opinión sobre el mercado, que de eso sabemos todos, y otra bastante distinta es tener un plan.

Por seguir con los ejemplos, imaginemos que el S&P 500 se aproxima a una resistencia que llevamos varios días vigilando. Nuestra hipótesis es que podría rechazarla y comenzar una corrección. Bien, hasta aquí, perfecto. Pero ¿qué ocurre si rompe la resistencia y continúa subiendo? ¿Y si la supera brevemente para después volver a caer? ¿O si simplemente se queda lateral durante horas?

Todos son escenarios perfectamente posibles. Yo, por ejemplo, adoro las falsas rupturas y me encantaría que se comiera la resistencia con papas. Pero hay más de un escenario y ninguno tiene por qué coincidir con nuestra idea favorita, ni siquiera con nuestra hipótesis inicial.

Estar preparados no significa que vayamos a adivinar el futuro. Significa que, cuando el mercado haga algo inesperado, al menos no tendremos que inventarnos una respuesta sobre la marcha. Y, de paso, quizá evitemos hacer el idiota y dañar nuestras cuentas.

Después viene una parte bastante menos entretenida, pero igual de necesaria: decidir cuánto dinero estamos dispuestos a arriesgar.

Y aquí conviene ser especialmente cuidadosos, porque podemos construir el análisis más elaborado del mundo y terminar arruinándolo con una posición demasiado grande. Y sí, todos conocemos las ventajas y desventajas del apalancamiento. Seguro que también hemos disfrutado de posiciones dopadas que terminan cerrando en verde y de otras que nos dejan varios días sin querer abrir el ordenador.

No basta con identificar dónde queremos entrar. También necesitamos saber en qué punto nuestra hipótesis dejaría de tener sentido, cuándo debemos salir sin darle otra oportunidad al mercado, como quien le da un ultimátum a su ex, cuánto perderíamos si llegamos hasta allí y si esa pérdida es compatible con el riesgo que podemos asumir.

Personalmente, creo que esta parte debería tener bastante más protagonismo del que solemos darle. A día de hoy, yo también tengo semanas y meses muy buenos en términos de beneficios y, aun así, a veces sigo pecando de exceso de confianza y tampoco ejecuto el plan a la perfección. La realidad del trader es que nos encanta hablar de objetivos de beneficio, pero no tanto de cuánto nos puede costar estar equivocados.

Y, por supuesto, si conseguimos resolver todo eso, todavía queda lo más complicado: nosotros mismos.

Podemos preparar escenarios, establecer niveles y calcular el riesgo con bastante precisión. Pero todo eso sucede mientras estamos tranquilos, antes de que el dinero empiece a fluctuar delante de nuestros ojos y se nos haga el culo Pepsi.

La verdadera prueba llega cuando tenemos una posición abierta y el mercado nos deja claro que no va por ahí, que no piensa ponernos las cosas fáciles y que, si queremos seguir en el juego, a veces tendremos que tomar decisiones duras.

Ahí es donde aparecen las ganas de mover el stop, cerrar demasiado pronto una operación ganadora o aumentar una posición perdedora porque estamos convencidos de que el mercado terminará dándonos la razón tarde o temprano. Porque, claro, para algo nos hemos pegado cuatro horas analizando la posición y, encima, todo lo que hemos visto parece justificar nuestro escenario.

Por eso creo que también merece la pena anticipar nuestras propias reacciones. Si sabemos que una pérdida importante puede llevarnos a operar impulsivamente, quizá deberíamos decidir de antemano qué haremos después de cerrar una operación negativa. Si tendemos a modificar nuestros niveles constantemente, podemos establecer condiciones concretas para hacerlo.

No vamos a eliminar las emociones, por mucho que algunos libros intenten convencernos de lo contrario. Pero sí podemos evitar que cada emoción se convierta automáticamente en una decisión.

Tenemos que entender que preparar una operación no consiste en tener todas las respuestas. Consiste en haber pensado lo suficiente como para no tener que buscarlas desesperadamente cuando el mercado empieza a moverse.

Porque, al final del día, una buena preparación no garantiza que vayamos a ganar dinero en la siguiente operación, pero puede ayudarnos a evitar que una idea equivocada termine convirtiéndose en un error mucho mayor. Uno de los que pican.

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