Hay una situación bastante habitual en el trading que, por algún motivo, rara vez parece tan evidente mientras la estamos viviendo como cuando la analizamos después.
Abrimos una posición con una idea relativamente clara. Tenemos nuestros argumentos, hemos identificado una oportunidad y, al menos en teoría, sabemos qué esperamos del mercado. Hasta aquí, todo bien.
El problema comienza cuando el precio deja de comportarse como esperábamos y aparece una sensación incómoda: quizá nuestra operación ya no tiene tanto sentido como hace unos minutos. En ese momento podemos revisar honestamente qué ha cambiado o dedicarnos a buscar razones para seguir dentro.
Y sospecho que muchos sabemos bastante bien cuál de las dos opciones resulta más tentadora.
La duda no siempre es tu enemiga
En el mundo del trading se habla constantemente de la importancia de tener confianza. Hay que confiar en el análisis, en la estrategia y en uno mismo. La duda, por el contrario, suele presentarse como una debilidad que debemos aprender a superar.
A mí nunca me ha terminado de convencer esa interpretación.
Dudar no significa necesariamente que estemos haciendo algo mal. En ocasiones, puede ser una reacción perfectamente razonable ante información que no encaja con nuestras expectativas.
Imaginemos que abrimos una posición alcista esperando una ruptura acompañada de fuerza y continuidad. El precio supera la resistencia, pero apenas consigue avanzar. El volumen disminuye, aparecen ventas y lo que parecía una ruptura prometedora empieza a parecerse sospechosamente a una trampa.
Quizá la operación todavía termine funcionando. Los mercados a veces tienen la fea costumbre de hacer exactamente lo que no esperamos, especialmente después de habernos convencido de lo contrario. Pero las condiciones ya no son exactamente las mismas y merece la pena preguntarse si seguimos dentro porque nuestra hipótesis continúa siendo válida o porque nos cuesta aceptar que quizá ha dejado de serlo.
Cuando empezamos a negociar con nosotros mismos
Creo que una de las cosas más curiosas del trading es nuestra capacidad para encontrar argumentos a favor de una posición que ya tenemos abierta.
Antes de entrar podemos ser razonablemente objetivos. Analizamos escenarios, identificamos riesgos y contemplamos distintas posibilidades. Pero una vez que tenemos dinero comprometido, esa objetividad puede empezar a deteriorarse.
Una ruptura fallida se convierte en una consolidación saludable. Una pérdida de soporte pasa a ser una pequeña barrida de liquidez. Y una operación que debería haberse cerrado termina necesitando un poco más de margen, un poco más de tiempo y, por supuesto, un poco más de paciencia.
No digo que esas interpretaciones sean necesariamente incorrectas. A veces una ruptura falla antes de recuperar fuerza y otras veces el mercado necesita corregir para continuar avanzando. El problema aparece cuando modificamos nuestra interpretación únicamente para justificar que seguimos dentro.
Porque entonces ya no estamos evaluando el mercado con la misma libertad que teníamos antes de abrir la posición. Estamos intentando defender una decisión que ya hemos tomado.
Y, por experiencia propia, puedo asegurar que somos extraordinariamente creativos cuando se trata de justificar nuestras decisiones.
El coste de permanecer en una operación que ya no nos convence
Cuando pensamos en el coste de una mala operación, normalmente pensamos en dinero. Es lógico. Al fin y al cabo, es lo que aparece reflejado en nuestra cuenta. Pero hay otro coste que resulta más difícil de medir: el desgaste mental.
Una posición que constantemente nos genera dudas puede terminar absorbiendo una cantidad absurda de energía mental y emocional. Revisamos el gráfico una y otra vez, buscamos confirmaciones en temporalidades cada vez más pequeñas y seguimos cualquier movimiento del precio como si nuestra supervivencia dependiera de la siguiente vela de cinco minutos.
Mientras tanto, dejamos de prestar atención a otras oportunidades o, sencillamente, perdemos la capacidad de observar el mercado con cierta distancia.
Y lo más curioso es que la operación puede terminar siendo rentable, lo que tampoco significa necesariamente que la hayamos gestionado bien. Una mala decisión puede producir un buen resultado, del mismo modo que una decisión razonable puede terminar en pérdidas. Si utilizamos exclusivamente el dinero ganado o perdido para evaluar nuestro comportamiento, corremos el riesgo de aprender las lecciones equivocadas.
Por eso creo que la disciplina no consiste únicamente en respetar un stop o controlar el tamaño de nuestras posiciones. También consiste en reconocer cuándo hemos dejado de gestionar una operación y hemos empezado a negociar emocionalmente con ella.
No todas las dudas justifican una salida
Aquí conviene introducir un matiz importante. Si cerráramos una operación cada vez que sentimos incertidumbre, probablemente pasaríamos más tiempo pagando comisiones y spreads que operando.
Sentir incomodidad cuando tenemos dinero en juego es perfectamente normal. El precio nunca se mueve exactamente como esperamos, las correcciones forman parte de las tendencias y hasta las mejores oportunidades pueden atravesar momentos desagradables.
Por eso debemos distinguir entre la duda que nace del miedo y la que aparece porque nuestra hipótesis ha perdido validez.
Si abrimos una posición sabiendo que el precio puede retroceder hasta determinado nivel antes de continuar, ese retroceso no debería convertirse automáticamente en un motivo para salir. Forma parte del escenario que habíamos contemplado. Otra cosa muy distinta es que el mercado invalide las condiciones que justificaban nuestra entrada y decidamos ignorarlo porque cerrar la posición supondría reconocer una pérdida.
La diferencia parece sencilla sobre el papel. Con dinero en juego, ya no tanto.
Y precisamente por eso considero tan importante establecer las condiciones de invalidación antes de abrir una operación. Cuando todavía no tenemos nada que defender, suele resultar bastante más fácil pensar con claridad.
Una pregunta incómoda que merece la pena hacerse
Hay una pregunta que me parece especialmente útil cuando una operación empieza a generar demasiadas dudas:
Si ahora mismo no tuviera ninguna posición abierta, ¿volvería a entrar en esta operación al precio actual?
Me gusta porque obliga a observar la situación desde una perspectiva diferente. De repente, dejamos de pensar en el precio al que entramos, en cuánto llevamos ganado o perdido y en todo el tiempo que hemos dedicado a construir nuestro análisis. Volvemos a mirar el mercado como si estuviéramos delante de una oportunidad nueva.
Si la respuesta es afirmativa y las condiciones que justificaban nuestra entrada siguen presentes, quizá no exista ninguna razón objetiva para modificar el plan.
Pero si la respuesta es negativa, merece la pena averiguar por qué carajo seguimos dentro.
Eso no significa que debamos cerrar automáticamente. Una operación puede seguir siendo válida aunque no resulte atractiva como nueva entrada, especialmente si el precio ya ha avanzado a nuestro favor y la relación entre riesgo y beneficio ha cambiado.
La pregunta no sustituye nuestro sistema de gestión. Simplemente nos ayuda a detectar cuándo estamos defendiendo una posición por razones que tienen poco que ver con el mercado.
Saber salir también es saber operar
Hay algo que considero especialmente difícil de aceptar cuando empezamos a operar: cerrar una posición antes de que alcance nuestro objetivo no significa necesariamente que hayamos cometido un error.
A veces las condiciones cambian, descubrimos que nuestro análisis era incompleto o, sencillamente, dejamos de tener una ventaja suficientemente clara como para justificar el riesgo.
Podemos salir y ver cómo el precio termina moviéndose exactamente en la dirección que habíamos anticipado. Es frustrante, desde luego. Pero eso tampoco demuestra que la decisión de cerrar fuera equivocada. El resultado posterior no cambia la información de la que disponíamos cuando tuvimos que decidir.
Al final, no se trata de operar sin dudas. Me parece un objetivo bastante poco realista, especialmente para cualquiera que lleve suficiente tiempo enfrentándose a los mercados.
Se trata de aprender a escucharlas sin convertirlas automáticamente en órdenes y, sobre todo, sin ignorarlas cuando nos están señalando algo que preferiríamos no reconocer.
Porque a veces el problema no es que no sepamos qué hacer con una operación. Es que sabemos perfectamente lo que deberíamos hacer y estamos buscando una excusa para no hacerlo.

