La trampa de creerte más listo que el mercado

Lo prometido es deuda.

Esta semana me he puesto las pilas y, por fin, he terminado de leer una investigación que llevaba unas semanas atascada. Y no me extraña, porque tiene un título que no es precisamente de los que invitan a leer antes de dormir (y no es broma, me quedé sopa dos veces).

Cognitive Sophistication Does Not Attenuate the Bias Blind Spot (2012), de Richard F. West, Russell J. Meserve y Keith E. Stanovich, publicado en Journal of Personality and Social Psychology, 103(3), 506–519.

En español sería algo así como «La sofisticación cognitiva no reduce el punto ciego de nuestros sesgos».

En otras palabras, ser inteligente no te libra de cometer errores de juicio. Y si trasladamos esto a un entorno tan cambiante y demandante como el trading, donde encima nos jugamos nuestro propio dinero, la cosa se pone interesante, ¿eh? Casi nada.

La investigación me hizo recordar mis primeros años operando y lo buenos que podemos llegar a ser justificando nuestras decisiones. ¿Quién no ha aguantado alguna vez una posición perdedora porque estaba convencido de tener razón? Algunos incluso hemos llegado a quedarnos sin margen por intentar aguantar un poco más, o hemos peleado contra el mercado entrando una y otra vez después de que saltaran nuestros stops. Palo tras palo y ahí seguíamos, sin darnos por vencidos. Como auténticos campeones.

¿Y qué me dices de las excusas? Que nuestra posición tenía sentido, que el mercado no estaba siendo lógico, que tarde o temprano la tendencia tenía que cambiar… Y claro, si nuestro análisis era correcto, ¿por qué íbamos a cerrar?

El problema siempre lo tiene el otro

El estudio gira alrededor de un fenómeno conocido como bias blind spot, o punto ciego de los sesgos. Básicamente, nuestra tendencia a reconocer los sesgos de los demás mientras nos consideramos menos susceptibles a ellos.

Y esto, en el trading, abunda bastante. Seguro que todos conocemos a ese «analisto» que parece verlo todo muy claro desde fuera, pero cuyas cuentas quizá contarían otra historia… si tuviéramos acceso a ellas, claro. El típico «consejos vendo, pero para mí no tengo».

Tal vez sea una cuestión de perspectiva. Cuando el dinero que está en juego no es nuestro, resulta bastante sencillo señalar los errores. El problema aparece cuando somos nosotros quienes tenemos que tomar esa misma decisión, con una posición abierta y una pérdida delante de nuestras narices.

Pongamos un ejemplo, que seguro se ve mejor.

Un trader opera sin stop loss porque prefiere cerrar manualmente sus posiciones. Seguramente le explicaríamos que está asumiendo un riesgo innecesario, que las emociones pueden jugarle una mala pasada y que, cuando llegue el momento, quizá no sea capaz de cerrar y se vaya a pegar una leche.

Ahora imaginemos que somos nosotros quienes operamos sin stop. La explicación cambia: conocemos bien el mercado, tenemos experiencia y sabemos perfectamente cuándo salir. ¿A nosotros nos va a poder la presión? ¡Qué va! Nosotros tenemos un plan.

Irónico, ¿verdad?

Esta es precisamente una de las conclusiones de la investigación. Los participantes tendían a considerar que los demás eran más vulnerables que ellos mismos a distintos sesgos cognitivos. Podían reconocer esos sesgos y, aun así, creerse relativamente inmunes.

Pero todavía hay algo más interesante.

Cuando saber más no nos protege

Uno podría pensar que las personas con mayor capacidad de razonamiento serían más conscientes de sus propios sesgos. Al fin y al cabo, están acostumbradas a analizar problemas complejos, valorar argumentos y sacar conclusiones.

Pues parece que no necesariamente.

En dos estudios con un total de 747 participantes, los investigadores no encontraron pruebas de que una mayor «sofisticación cognitiva» (los listos, vamos) redujera el punto ciego de los sesgos. En algunas medidas observaron incluso una pequeña asociación en sentido contrario, aunque no todas las relaciones fueron estadísticamente significativas. ¡Pa mear y no echar gota!

Y aquí es donde creo que deberíamos prestar atención como traders.

Podemos llevar años estudiando los mercados, conocer miles de indicadores y hacer análisis extraordinariamente complejos. Pero nada de eso garantiza que sepamos reconocer cuándo estamos equivocados.

Es más, todo ese conocimiento puede convertirse, en determinadas ocasiones, en una herramienta para justificar lo que ya hemos decidido hacer. Siempre habrá un indicador, una noticia o una interpretación del gráfico que nos permita seguir defendiendo nuestra posición.

Y, para qué engañarnos, es una posibilidad que me planteo porque reconozco ese comportamiento en mi propia forma de operar.

Todo esto nos lleva a una pregunta bastante incómoda: ¿utilizamos nuestros conocimientos para cuestionar nuestras hipótesis o para defenderlas a capa y espada?

Dos maneras de pensar, un mismo problema

Para entender mejor por qué podemos caer en estas contradicciones, merece la pena hablar brevemente de dos conceptos que popularizó el psicólogo Daniel Kahneman. Seguramente, aunque no hayas oído hablar de él, al menos te sonará su libro Pensar rápido, pensar despacio.

Me refiero a los sistemas de pensamiento 1 y 2.

El Sistema 1 es el rápido, el intuitivo, el que a veces tiene la mecha demasiado corta. Funciona de manera automática y nos permite reaccionar sin tener que analizar conscientemente cada pequeña decisión. El Sistema 2, en cambio, representa la pausa, la reflexión. Requiere atención y esfuerzo, y lo utilizamos cuando necesitamos razonar, comparar alternativas o resolver un problema complejo.

En el trading convivimos constantemente con ambos.

Imaginemos que abrimos una posición y el mercado empieza a moverse violentamente en nuestra contra. Yo, personalmente, lo primero que siento a veces es miedo, urgencia y unas ganas tremendas de hacer algo. Esa reacción inmediata ilustra el tipo de procesamiento que asociamos al Sistema 1.

Después empezamos a razonar. Revisamos el gráfico, buscamos niveles de soporte, consultamos las noticias y reconsideramos nuestro escenario. Ahí entra en juego el pensamiento más pausado, el Sistema 2.

El problema es que razonar más no significa necesariamente razonar mejor. Podemos utilizar ese esfuerzo mental para revisar honestamente nuestra hipótesis o, por el contrario, para encontrar una explicación convincente que nos permita mantenerla.

Y aquí está la trampa. El Sistema 2 no es un detector infalible de errores. Y disponer de más conocimientos tampoco garantiza que los utilicemos para cuestionarnos.

Aunque los sistemas de pensamiento no fueron el objeto de esta investigación, creo que ayudan a entender por qué razonar más no siempre significa razonar mejor.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Aquí viene lo importante desde el punto de vista práctico: conocer nuestros sesgos no basta para librarnos de ellos.

De hecho, los investigadores también examinaron si las personas que mostraban un menor punto ciego eran menos susceptibles a determinados sesgos en otras tareas. No encontraron una relación protectora clara.

Y esto me recuerda a algo que seguramente todos hemos experimentado: saber perfectamente lo que debemos hacer y terminar haciendo justo lo contrario. ¿Nos suena de algo?

Sabemos que no conviene perseguir el precio, mover un stop para evitar aceptar una pérdida o aumentar una posición simplemente porque estamos convencidos de que el mercado acabará dándonos la razón.

Pero saberlo no siempre impide que lo hagamos. Y quizá por eso resulta tan fácil parecer un profesional cuando hablamos de teoría y tan complicado conseguir ser rentable de forma consistente cuando llega la práctica.

Por eso, más que confiar en nuestra inteligencia o en nuestra capacidad para mantener la cabeza fría, por mi propia experiencia creo que tiene sentido establecer mecanismos que nos obliguen a cuestionar nuestras decisiones antes de que las emociones entren en juego.

Puede ser algo tan simple como definir por escrito y por adelantado dónde queda invalidada una operación, anotar los motivos de entrada, buscar argumentos que contradigan nuestro escenario o revisar después las decisiones que hemos tomado. Son buenos puntos de partida para preguntarnos, observar y cuestionarnos hasta encontrar fallos en nuestro plan o, si los argumentos resisten ese examen, reforzar nuestra confianza en lo que ya tenemos en marcha. Eso sí, sin volvernos locos ni creer que tenemos la verdad absoluta.

No son remedios mágicos ni soluciones que este estudio haya probado específicamente en el trading. Son formas prácticas de introducir cierta distancia entre lo que creemos y lo que hacemos.

Personalmente, una de las preguntas que más útiles me parecen es bastante sencilla: si esta misma operación la estuviera haciendo otra persona, ¿qué le aconsejaría?

Quizá descubriríamos que somos mucho más objetivos cuando el dinero que está en juego no es nuestro. Y quizá ese sea precisamente el problema.

Porque al mercado le importa un carajo lo mucho o poco inteligentes que seamos, cuántos libros hayamos leído o lo convincente que resulte nuestro análisis. Podemos tener argumentos excelentes y seguir estando equivocados. Y cuanto antes aprendamos a convivir con esa posibilidad, mejor para nosotros y para nuestra cuenta.


¿Te has reconocido en alguna de estas situaciones? Me interesa conocer tu experiencia. Puedes dejarla en los comentarios; quizá entre todos encontremos otras maneras de identificar esas trampas que tan fácilmente vemos en los demás.

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